Caminar por un bosque subantártico no es solo una actividad recreativa. Es, muchas veces sin saberlo, una forma de entrar a un laboratorio natural a cielo abierto. Bajo nuestros pies, entre la hojarasca, los troncos caídos y el suelo húmedo, ocurre una actividad silenciosa que sostiene la vida del bosque. Los hongos, invisibles la mayor parte del tiempo, trabajan sin descanso descomponiendo materia, conectando árboles y manteniendo la salud del ecosistema.

Aunque se estima que existen 2,5 millones de especies de hongos en el mundo, conocemos menos del 10% (Haelewaters et al, 2024). En nuestros bosques subantárticos, esta brecha es un desafío. No porque falte biodiversidad, sino porque históricamente hemos mirado poco hacia abajo y menos aún hacia lo que no se ve a simple vista. Aquello que no se nombra, no se registra; y lo que no se registra, rara vez se protege.

Aquí es donde la ciencia ciudadana abre una posibilidad concreta y poderosa. Hoy, cualquier persona que camina por una reserva, un parque o un sendero, con una cámara en el bolsillo y algo de curiosidad, puede convertirse en observadora activa del territorio. Fotografiar un hongo, registrar su ubicación y compartir ese dato permite que el bosque deje de ser solo paisaje y se convierta en información viva.

En el marco del Laboratorio Natural Subantártico, los registros ciudadanos han permitido reconocer que los hongos no son un detalle menor, sino verdaderos ingenieros del bosque. Algunos forman redes subterráneas que ayudan a los árboles a intercambiar nutrientes y agua. Otros descomponen hojas y troncos, devolviendo lentamente los nutrientes al suelo. Hay también especies que indican suelos sanos, poco intervenidos, donde los procesos ecológicos siguen su ritmo natural.

Sin la mirada atenta de quienes recorren los bosques, gran parte de esta diversidad seguiría fuera de los mapas, de los diagnósticos y, por lo mismo, de las decisiones de conservación. La ciencia ciudadana no reemplaza la investigación científica, pero la complementa y la expande desde el territorio.

Desde mi experiencia, caminar el bosque con otros y otras cambia la forma en que nos relacionamos con él. Detenerse frente a un tronco, agacharse para mirar el suelo, sorprenderse con un color o una forma desconocida, transforma el paseo en aprendizaje.

Proteger los ecosistemas subantárticos no es solo tarea de especialistas o instituciones. Es una responsabilidad compartida. Cuando una vecina, un estudiante o una familia registra un hongo y lo incorpora a una base de datos común en nuestro Geoportal, está comunicando el estado de ese bosque, está diciendo algo simple pero profundo: este territorio está vivo y merece atención.

La próxima vez que camines por un sendero, además de mirar el paisaje, observa el suelo. Tal vez ahí, entre hojas y madera, esté ocurriendo algo esencial. Tu curiosidad y una fotografía pueden ser la pieza que falta para comprender mejor nuestra biodiversidad. El bosque nos está hablando. Aprender a escucharlo es el primer paso para cuidarlo.

 

Doctor Marcelo Astorga
Licenciado en Sociología, Doctor en Ciencias Sociales, colaborador del Nodo Laboratorio Natural Subantartico.